Esperanza Tlatelolco
Lorena Álvarez
Alumna Teoria II
Lorena Álvarez
Alumna Teoria II
El letrero que se muestra en la imagen posterior enuncia “ESPERANZA TLATELOLCO” .
Me interesa partir de esta imagen para abordar el marco teórico bajo el cual pueda inscribirse mi opinión ante lo que significa para mi el movimiento estudiantil del 68.
Quiero apuntar que la existencia de este anuncio publicitario me provoca una alta aversión, pues aunque bien se puede entender el contexto del enunciado “ESPERANZA TLATELOLCO” como un recurso de propaganda, se encuentra en un lugar que obliga, desde mi punto de vista, la mediatización de este objeto, desde un sentido de auto poiesis.
La palabra “Tlatelolco", en el anuncio, incluye el suceso de albergar las olimpiadas mundiales en nuestro país, del que surge esta tipografía, la cuestión en la que radica mi aversión es simple, los sucesos en Tlatelolco como punto geográfico en ese año, mantienen su relación mediante la desgracia que desencadenó en la matanza del 2 de octubre de 1968 en un intento por exterminar lo que el estado ejecutor de la masacre pudo asimilar como una amenaza turística ante la proximidad de un “gran suceso”; los juegos olímpicos, hecho que nos hacía lucir como un país en camino hacia el progreso. Este anuncio lo entiendo como, una paradoja histórica, pues las paradojas, tienen. Como principal significado, ser una incongruencia, en este caso una paradoja la palabra “Tlatelolco”, difícilmente (sino es que en su nulidad) puede ser ligada a la palabra “Esperanza”.
Me interesa partir de esta imagen para abordar el marco teórico bajo el cual pueda inscribirse mi opinión ante lo que significa para mi el movimiento estudiantil del 68.
Quiero apuntar que la existencia de este anuncio publicitario me provoca una alta aversión, pues aunque bien se puede entender el contexto del enunciado “ESPERANZA TLATELOLCO” como un recurso de propaganda, se encuentra en un lugar que obliga, desde mi punto de vista, la mediatización de este objeto, desde un sentido de auto poiesis.
La palabra “Tlatelolco", en el anuncio, incluye el suceso de albergar las olimpiadas mundiales en nuestro país, del que surge esta tipografía, la cuestión en la que radica mi aversión es simple, los sucesos en Tlatelolco como punto geográfico en ese año, mantienen su relación mediante la desgracia que desencadenó en la matanza del 2 de octubre de 1968 en un intento por exterminar lo que el estado ejecutor de la masacre pudo asimilar como una amenaza turística ante la proximidad de un “gran suceso”; los juegos olímpicos, hecho que nos hacía lucir como un país en camino hacia el progreso. Este anuncio lo entiendo como, una paradoja histórica, pues las paradojas, tienen. Como principal significado, ser una incongruencia, en este caso una paradoja la palabra “Tlatelolco”, difícilmente (sino es que en su nulidad) puede ser ligada a la palabra “Esperanza”.
El 2 de octubre mi mamá con la edad de 3 años fue arrebatada de un juego con su triciclo en el
patio de la vecindad en donde vivía, que se encontraba aproximadamente a 1.5 kilometro de la
plaza de las 3 culturas, un recorrido de aproximadamente 10 minutos a paso apresurado bajo el
influjo de salvar tu vida, Esta es la ecuación, la única que determina un primer encuentro con la
noción de este acontecimiento, un desconocimiento certero de una acción que atravesó de
pequeña, que ha condicionado mi vida acerca sobre entendimiento que le pueda otorgar a este
hecho.
En estos momentos, me encuentro en casa a 950 metro de la plaza de las 3 culturas y es un sentimiento abrumador saberme cerca de un espacio que reconozco actualmente como una zona de tragedia, que para mi, aparece permanente.
Sin embargo, se que cualquier especie de narrativa que yo pueda insertar en el texto que continúa, se encuentra bajo el contexto de una ficción, pues Las únicas aproximaciones que he experimentado en conjunto sobre los sucesos del 2 de octubre en Tlatelolco, es el entendimiento de que es un hecho puntual, culminante, de una catarsis social interrumpida, para continuar como un letargo extenso, que se encuentran en el límite empático de mi humanidad, pues lo que conozco sobre la historia que me antecede no corresponde a mis actos actuales. Sin embargo, desde que por primera vez fui expuesta ante un testimonio cercano fue por mi maestra de historia en segundo de secundaria apodada “la paleolítica” quien al final de su testimonio nos hizo salir de salón por un dolor que entendí, era potenciado por la falta de empatía de quienes nos encontrábamos en clase, desde entonces, me encontraba cada vez más distante del conocimiento de lo significaba sentir tanto dolor ante este episodio histórico. Con el tiempo, y la imperante necesidad del progreso que me ha sido inculcado sin cuestionar mi voluntad histórica que corresponde a la sociedad de consumo a la que se pretende orillarme, se me ha provisto de un panorama más amplio y más triste, la matanza del 68 en Tlatelolco, conforme pasa el tiempo, cada vez tiene que ver más con mi existencia, porque mi existencia encuentra los límites donde hay cosas que no se me permiten hacer, decir o pensar con libertad, de ejercer mi impulso respecto a las insatisfacciones que golpean, como en fila india, mi recorrido hacia el conocimiento que aspiro sobre mi contexto, que en algún momento espero poder abrazar.
Bajo este estado me someto ante esta conciencia mancillada con la que me he resignado a existir y seguir mi recorrido por este espacio histórico en que me encuentro, ejecutado bajo la constante insensatez de mi existencia. En mí vida no cabrá espacio para la delicadeza pero sí para perder un perdón apasionado.
Acerca del perdón que le ofrezco a la sociedad, no pretendo pedir un perdón para el olvido, sino un perdón comprometido que me obliga a reconfigurar lo que como individuo me veo dispuesta a asumir como un daño.
Perdón por todo el consumo desobligado
El consumo inconsciente El consumo incoherente
En estos momentos, me encuentro en casa a 950 metro de la plaza de las 3 culturas y es un sentimiento abrumador saberme cerca de un espacio que reconozco actualmente como una zona de tragedia, que para mi, aparece permanente.
Sin embargo, se que cualquier especie de narrativa que yo pueda insertar en el texto que continúa, se encuentra bajo el contexto de una ficción, pues Las únicas aproximaciones que he experimentado en conjunto sobre los sucesos del 2 de octubre en Tlatelolco, es el entendimiento de que es un hecho puntual, culminante, de una catarsis social interrumpida, para continuar como un letargo extenso, que se encuentran en el límite empático de mi humanidad, pues lo que conozco sobre la historia que me antecede no corresponde a mis actos actuales. Sin embargo, desde que por primera vez fui expuesta ante un testimonio cercano fue por mi maestra de historia en segundo de secundaria apodada “la paleolítica” quien al final de su testimonio nos hizo salir de salón por un dolor que entendí, era potenciado por la falta de empatía de quienes nos encontrábamos en clase, desde entonces, me encontraba cada vez más distante del conocimiento de lo significaba sentir tanto dolor ante este episodio histórico. Con el tiempo, y la imperante necesidad del progreso que me ha sido inculcado sin cuestionar mi voluntad histórica que corresponde a la sociedad de consumo a la que se pretende orillarme, se me ha provisto de un panorama más amplio y más triste, la matanza del 68 en Tlatelolco, conforme pasa el tiempo, cada vez tiene que ver más con mi existencia, porque mi existencia encuentra los límites donde hay cosas que no se me permiten hacer, decir o pensar con libertad, de ejercer mi impulso respecto a las insatisfacciones que golpean, como en fila india, mi recorrido hacia el conocimiento que aspiro sobre mi contexto, que en algún momento espero poder abrazar.
Bajo este estado me someto ante esta conciencia mancillada con la que me he resignado a existir y seguir mi recorrido por este espacio histórico en que me encuentro, ejecutado bajo la constante insensatez de mi existencia. En mí vida no cabrá espacio para la delicadeza pero sí para perder un perdón apasionado.
Acerca del perdón que le ofrezco a la sociedad, no pretendo pedir un perdón para el olvido, sino un perdón comprometido que me obliga a reconfigurar lo que como individuo me veo dispuesta a asumir como un daño.
Perdón por todo el consumo desobligado
El consumo inconsciente El consumo incoherente
La incoherencia de mi ser social ante todo lo que me rodea
Si, siento una culpa social, pues Lo que comunico y comunicamos debería ofrecer algo a quienes nos rodean y la virtud del arte yace aquí, en la desesperación y lucha simultáneas que ejecuto para comunicar que estoy inconforme con mi historia de vida, que no pretendo que la enunciación del malestar social que se me permite experimentar en estos momentos sea correspondiente con mis acciones cotidianas, pues la violencia es perpetuada por la omisión del hecho que parece ante mi como una bruma roja, brillante y amenazadora, un gas mareante. La violencia también es una cultura que se enriquece mediante la amnesia social, que se convierte en una amnesia con la que nos dirigimos a la inconsciencia de sostener una relación aproximada y frontal con el acto violento, ejecutado días tras día, el acto violento cometido en contra de alguien nunca debería ser olvidado. No quiero actuar bajo un influjo de esperanza, porque la esperanza no sirve para nada, más que para esperar algo que nunca va a suceder.
¿Quienes o qué nos ha hecho creer que tenemos derechos?
La esperanza sostiene a la producción, porque mientras se espera, uno tiene que entretenerse
La esperanza es inútil
La esperanza no sirve, porque nos mantiene cautivos de algo que no acontecerá
"Je veux dire quelque chose, mais je ne sais pas quoi" (Quiero decir algo, pero no sé qué) fue una frase escrita por un anónimo, con un aerosol en una barda, entre la trifulca que formó parte del Mayo del 68 en Francia, un guiño histórico, a lo que nosotros como comunidad mexicana inconforme nos alcanza y rebasa, a consecuencia del capitalismo que nos gobierna, en donde comprendo, que esta enunciación interconecta al hartazgo "mundial" ante lo que nos oprime. Observo en esta frase, que es necesario admitir ante nosotros mismos que existe un síntoma aislado de comunicación individual conforme al exterior abrumador, pero reconocerlo, será fundamental para posteriormente enunciar lo que sea que tengamos que decir, hacer o pensar.
El presente histórico en el que nos encontramos, no es generado mediante la espontaneidad, deviene de un pasado que demuestra con hechos y no con páginas, que la lucha social se encuentra arraigada en el pensamiento colectivo, y que si se le busca desentrañar, se encontrarán razones para cambiar la historia que oprime nuestro presente.
En proximidad a la dolorosa conmemoración de los hechos del 2 de octubre del 68, me dispongo a enunciar; que no hace falta más que una vista hacia atrás para obtener una lección de vida, en donde admito la importancia de dar constancia al punto que deseemos llegar, en mi caso, deseo que la catarsis desencadenada por la experimentación individual de la injusticia, nos haga rememorar los derechos que sabemos existen vertidos en hojas de papel, sin embargo, es tarea nuestra emancipar al papel de su función objetual, pues concibo como un deber ético, no solo conmemorar, sino retomar la lucha para no desdeñar de su valor las vidas que han sido arrebatas exponencialmente desde hace casi 50 años.
Si, siento una culpa social, pues Lo que comunico y comunicamos debería ofrecer algo a quienes nos rodean y la virtud del arte yace aquí, en la desesperación y lucha simultáneas que ejecuto para comunicar que estoy inconforme con mi historia de vida, que no pretendo que la enunciación del malestar social que se me permite experimentar en estos momentos sea correspondiente con mis acciones cotidianas, pues la violencia es perpetuada por la omisión del hecho que parece ante mi como una bruma roja, brillante y amenazadora, un gas mareante. La violencia también es una cultura que se enriquece mediante la amnesia social, que se convierte en una amnesia con la que nos dirigimos a la inconsciencia de sostener una relación aproximada y frontal con el acto violento, ejecutado días tras día, el acto violento cometido en contra de alguien nunca debería ser olvidado. No quiero actuar bajo un influjo de esperanza, porque la esperanza no sirve para nada, más que para esperar algo que nunca va a suceder.
¿Quienes o qué nos ha hecho creer que tenemos derechos?
La esperanza sostiene a la producción, porque mientras se espera, uno tiene que entretenerse
La esperanza es inútil
La esperanza no sirve, porque nos mantiene cautivos de algo que no acontecerá
"Je veux dire quelque chose, mais je ne sais pas quoi" (Quiero decir algo, pero no sé qué) fue una frase escrita por un anónimo, con un aerosol en una barda, entre la trifulca que formó parte del Mayo del 68 en Francia, un guiño histórico, a lo que nosotros como comunidad mexicana inconforme nos alcanza y rebasa, a consecuencia del capitalismo que nos gobierna, en donde comprendo, que esta enunciación interconecta al hartazgo "mundial" ante lo que nos oprime. Observo en esta frase, que es necesario admitir ante nosotros mismos que existe un síntoma aislado de comunicación individual conforme al exterior abrumador, pero reconocerlo, será fundamental para posteriormente enunciar lo que sea que tengamos que decir, hacer o pensar.
El presente histórico en el que nos encontramos, no es generado mediante la espontaneidad, deviene de un pasado que demuestra con hechos y no con páginas, que la lucha social se encuentra arraigada en el pensamiento colectivo, y que si se le busca desentrañar, se encontrarán razones para cambiar la historia que oprime nuestro presente.
En proximidad a la dolorosa conmemoración de los hechos del 2 de octubre del 68, me dispongo a enunciar; que no hace falta más que una vista hacia atrás para obtener una lección de vida, en donde admito la importancia de dar constancia al punto que deseemos llegar, en mi caso, deseo que la catarsis desencadenada por la experimentación individual de la injusticia, nos haga rememorar los derechos que sabemos existen vertidos en hojas de papel, sin embargo, es tarea nuestra emancipar al papel de su función objetual, pues concibo como un deber ético, no solo conmemorar, sino retomar la lucha para no desdeñar de su valor las vidas que han sido arrebatas exponencialmente desde hace casi 50 años.
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